01 agosto 2010

La consagración del Trinche



El Trinche no sabía que esa noche la iba a romper. No podía imaginar lo que en unas horas pasaría en el Parque Independencia. El martes a la mañana cuando llegó al entrenamiento en el Gabino Sosa, el presidente del Club, Ángel Gentile y Florencio Natali Nardi, Secretario General, lo encararon cuando estaba por ingresar en el vestuario. Le iban a confirmar lo que se venía rumoreando desde hacía unos días.

Trinche, anoche llamó Griguol y preguntó por vos. Quiere que juegues mañana en el partido contra la selección, le dijo Gentile. Nardi lo palmeó en el hombro y soltó algún chiste olvidable.

El Trinche no podía dejar de alegrarse pese a que era casi seguro que lo llamarían para ese match que organizaba el Círculo de Periodistas de Rosario. Era el único charrúa convocado para la selección local y al ingresar en el vestuario los compañeros lo saludaron sin demasiadas estridencias.

La selección nacional venía de jugar algunos amistosos por el interior del país y en Rosario iba a tener su último partido en suelo local antes de partir de gira por el exterior para terminar de afilarse para el mundial de Alemania. El equipo no estaba funcionando, pero Vladislao Cap y compañía confiaban en que un buen desempeño con los rosarinos les permitiría irse de estas tierras con una mejor imagen y alguna ilusión.

El lunes por la noche Carlos Griguol y Juan Carlos Montes, encargados de dirigir el combinado rosarino, se encontraron en la sede del Círculo de Periodistas de Rosario para definir los nombres de los convocados. Los jugadores se reunirían un rato antes en el Hotel Presidente e irían directamente al estadio de Newell’s para disputar el encuentro. No había posibilidades de entrenamiento, ni concentración. “Los juntamos a los muchachos, les decimos un par de palabras y que salgan a jugar como lo sienten”, le dijo Griguol a Montes. Averiguaron sobre el estado físico de algunos de los muchachos y en un par de horas definieron la lista. Los 17 convocados eran: Biasutto, González, Pavoni, Capurro, Mario Killer, Aimar, Carlovich, Zanabria, Robles, Obberti, Kempes, Carrasco, Rebbotaro, Berta, Cornero, Sullivan y Carril. Luego se enteraron de la lesión de Sullivan, el delantero charrúa, y lo cambiaron por Saldaño, por lo que el único jugador que no se desempañaba ni en Newell’s ni en Central era el Trinche Carlovich. Un fenómeno del ascenso que era casi un desconocido para la prensa porteña.

Después del entrenamiento en Central Córdoba, Tomás volvió a su casa en Barrio Belgrano y en el baldío de la calle Río de Janeiro los amigos de siempre levantaban tierra mientras corrían detrás de una pelota intratable. El Trinche tiró el bolso a un costado del arco y se puso a jugar con los pibes. En una de las primeras que tocó, Cucuza, como siempre, lo fue a buscar con fuerza y le apuntó al tobillo izquierdo. Tomás dio un paso suave, giró sobre la pelota y salió por el otro lado sin ver cómo Cucuza, como siempre, pasaba de largo.

Corrieron un rato más y cuando empezó a oscurecer se tiraron al piso a hablar al pedo. “Ya te voy a enganchar a vos”, dijo Cucuza y el Trinche se rió detrás de la barba. El Turco Ainsa fue el que trajo el tema del partido de la selección y los demás empezaron a taladrarle las orejas al Trinche. Sacate una foto con Brindisi, le pidió Cucuza; tirale un caño a Pancho Sá, agregó el Pitu; un caño de ida y vuelta completó Jorge; tocale el culo a Quique Wolf, tiro el Toto y todos se cagaron de risa. “Si puedo jugar de entrada ya verán los porteños lo que puedo hacer con la pelota”, dijo el Trinche y todos se quedaron deseando que eso ocurra.

El día del partido la ciudad se preparaba para un evento especial. Que la selección nacional jugara en Rosario no era algo que pasara todos los días. Los diarios Crónica y La Tribuna destacaban el prestigio de la jornada, mientras que La Capital seguía sin salir por el conflicto que los trabajadores tenían con la patronal. Coincidencias o no, los dos diarios destacaban la figura de Carlovich en el partido y una foto del cinco charrúa ilustraba las páginas de los diarios rosarinos. “José Tomás Carlovich, la extraordinaria figura ‘charrúa’ tiene mañana la cita-motivo para que lo vean quienes no saben de sus extraordinarias y dúctiles condiciones”, decía el pie de foto que ilustraba la nota de La Tribuna. Mientras que en Crónica debajo de la imagen del Trinche se leía, “José Tomás Carlovich, el de la ‘zurda mágina’, puede tener su gran noche”. Coincidencias o no, los d0s diarios le pifiaban en el nombre del Trinche y para aquella noche lo bautizaban “José”, como el padre de Jesús…

La mañana del partido Tomás Felipe se levantó un poco más tarde lo habitual. En el club le habían dicho que no fuera a practicar así estaba descansado para el partido de la noche. Picoteó unas tostadas y partió para la casa de sus viejos en la bicicleta que, como los caballos, ya conocía el recorrido y casi que iba sola. Nunca tuvo auto, ni moto, total siempre había alguien que lo podía arrimar a Tablada. Sino era el “Turco” Ainsa era el “Tano” Forlla, aquel amigo que muchos años después lo acompañó como ayudante de campo cuando el Trinche se hizo cargo de dirigir a Central Córdoba por un par de partidos antes de descender a la “C”.

Al Trinche le gustaba recorrer el barrio en bici. Un camino que le debería llevar diez minutos se extendía por casi una hora porque siempre había alguien con quien cruzar unas palabras o tomar un mate y ni hablar si en alguna de las muchas canchitas que había en el barrio algunos vagos despuntaban el vicio. La pelota le pedía por favor que la acariciara un rato para mitigar tanto maltrato, y él no podía negarse al pedido de su amada. Y allí bajaba el desgarbado crack y hacía unos firuletes que llenaba los ojos de los ocasionales testigos. Algunos pases gol precisos y a seguir rumbo a la casa de la vieja. El Trinche almorzaba casi todos los días en la casa de sus padres, era como si todavía estuviera viviendo allí pese a tener su propio hogar y familia.

Al entrar vio a la madre machacando unos bifes de bola de lomo, ablandándolos para hacer las milanesas que tanto lo enloquecían. Cuando era chico, la única manera de hacer que Tomás entrara a comer y dejara la pelota, era mostrándole las milanesas fritas por la ventana. Allí Tomás hacía un entretiempo y se tragaba las milangas de la vieja.

Ese mediodía comió con discreción y habló menos de lo habitual, aunque nunca fue de regalar muchas palabras. Cuando sonó la bocina desafinada del rastrojero del Turco Ainsa, la madre le besó la frente y le deseó suerte.

Antes de partir hacia el centro, el Turco hizo una recorrida lenta por el barrio, con las ventanillas bajas y tocando bocina como un desaforado. La gente miraba y vitoreaba al Trinche que esa noche se iba a consagrar, todos sabían que Carlovich la iba a descocer y que al otro día sería la tapa de los diarios. Al Trinche le gustaban las muestras de cariño, pero no podía dejar de sonrojarse y esconderse tras la barba. “Dale pelotudo, dejate de joder y llevame al hotel que hoy no quiero llegar tarde”, le dijo el Trinche al Turco y emprendieron viaje por calle Mendoza. “Trinche si podés sentate sobre la pelota”, le gritó un pibe desde el trolebús que esperaba el verde en un semáforo.

Durante todo el camino la cabeza del Trinche fue volando, pensando jugadas, inventando situaciones. Era un partido más, le repetía a quien le preguntase, pero en aquel trayecto se dio cuenta que no era tan así. Había algo diferente en el clima, la ciudad se estaba preparando para una noche especial. Los comerciantes de calle Mendoza lo miraban al pasar y le hacían una pequeña reverencia, como si ya supieran lo que iba a acontecer. Todos los que conformaban el círculo íntimo del Trinche estaban seguros que lo de esa noche iba a ser espectacular.

Al llegar al hotel lo recibió Griguol con un abrazo y lo sumó al resto de los jugadores que estaban sentados en el lobby esperando que se completara el plantel. Se acomodó en un confortable sillón junto a Marito Zanabria y charlaron un rato sobre la última fecha y de la buena campaña del charrúa. Habrán pasado cuarenta minutos hasta que llegó el último futbolista. Unos pocos periodistas entrevistaban a Kempes, Obberti y Aimar y el resto empezó a subir al micro que los llevaría al estadio de Newell’s. Antes del partido con la selección se disputaba la final de la Tercera División de AFA entre Central y Estudiantes y muchos querían pegarle una mirada a aquel partido que tanto prometía.

Cuando estaban por Paraguay y Pellegrini a punto de tomar la avenida el paso se volvió más cansino. Una multitud peregrinaba hacia el parque de la Independencia en autos, motos, colectivos y a pie. Allí los jugadores empezaron a tomar real dimensión de lo que aquel partido significaba. Los bocinazos se repetían y la comunión del público era total. Aquella noche iba a ser la primera en que hinchas de Newell’s y Central se enfundarían en un abrazo.

El embotellamiento los hizo demorar y recién pudieron arribar al estadio cuando había finalizado el primer tiempo de la final de Tercera. El partido estelar estaba pautado para las diez de la noche y sólo faltaba una hora y media para el pitazo inicial. Rápidamente, Montes y Griguol juntaron a los jugadores y antes de que terminaran de cambiarse anunciaron al equipo titular. Biasutto, González, Pavoni, Capurro, Mario Killer; Aimar, Carlovich, Zanabria; Robles, Obberti, Kempes. El anuncio lo tomó al Trinche desprevenido y por lo bajo le preguntó al Mono Obberti si lo habían nombrado. “Claro monstruo, ¿cómo no vas a jugar de entrada?”

Tomás se calzó la número 5 que le había alcanzado el utilero y esperó hasta el final para ponerse los botines Adidas. Al Trinche le gustaba jugar con los tapones bajos y siempre tenía problemas con los botines nuevos, por eso se los llevaba a un amigo carpintero para que les baje los tapones. De esa manera podía pisar mejor la pelota. Con los años le mostraron los botines con los que juega Beckham. “Pesan menos que cien gramos de mortadela”, dijo risueño.


“Bueno muchachos, hoy tenemos una gran ocasión de mostrar al país lo que es el fútbol rosarino. Lo único que les vamos a pedir es que se entreguen al máximo y jueguen el fútbol que más les gusta. Dejen fluir el potrero y no se preocupen tanto por la marca. Acá la obligación la tienen los otros, que son los mejores del país, así que no nos enloquezcamos y juguemos como más nos gusta”, dijo Juan Carlos Montes mientras Griguol se acomodaba la boina y arengaba a los jugadores.

Carlovich se ató los cordones y se bajó las medias hasta el tobillo. Las canilleras le molestaban y no las usaba casi nunca. Desde el túnel se podía sentir el clima festivo que se vivía en las tribunas, no había diferencias de banderas, ni broncas con el contrario. Era una gran fiesta en la que leprosos y canallas tiraban para el mismo lado.

Los equipos entraron juntos al campo y el público aplaudió sin hacer diferencias, era extraño que los dos equipos que se enfrentaban contaran con la simpatía de todos los espectadores.

Al salir del túnel, el Trinche se vio enceguecido por las luces del estadio, y al recuperar la visión no podía creer la cantidad de gente que había en ese estadio. Nunca había jugado un partido con tanto público. El cosquilleo y la emoción le recorrían todo el cuerpo, desde la nuca hasta el empeine. Desesperado, con la mirada buscaba la pelota, quería empezar a jugar ya mismo. De pronto se le arrimó Osvaldo Potente, el peligroso delantero surgido de Boca, con un banderín de la AFA. Se saludaron amablemente y los fotógrafos registraron el encuentro de estas grandes figuras.

El árbitro internacional Arturo Ithurralde dio el pitazo inicial y la redonda empezó a circular. Carlovich la miraba con deseo, la quería tocar, la quería tener todo el tiempo consigo. Y la pelota se hizo esperar algunos minutos hasta que se dejó llevar por el deseo y empezó a pedir los cariños del Trinche. Y el Trinche le respondió... y de qué forma.

Cerca de la mitad de cancha recibió la pelota de Aimar, la controló con el empeine zurdo y amagó a salir por la derecha. Pancho Sá, el experimentado defensor de Independiente, salió a cortarlo y se comió un túnel exquisito, pero el pasaje era de ida y vuelta y con otro toque suave el Trinche volvió a pasar la pelota por entre las piernas del defensor y levantó a la tribuna. Parecía un torero.

La comunión con los compañeros se fue dando de manera natural y parecía que siempre hubiesen jugado juntos. La conexión con Zanabria era fluida y los tres de arriba estaban intratables.

Una gran jugada individual de Kempes le dejó servido el primer gol a Jorge José González cuando todavía no se habían disputado 15 minutos. El Trinche estaba feliz en aquel momento, el fútbol le fluía por las piernas como nunca y se sentía imparable. Cerca de los 25 recibió la pelota atrás de mitad de cancha, y exigido por la marca del Oveja Telch sacó un pelotazo preciso para la carrera del Mono Obberti que definió con justeza ante la salida de Pepe Santoro, el arquero del Rojo.

La cancha se venía abajo y la selección nacional estaba cada vez más desordenada y petrificada frente a la superioridad de los rosarinos. Tarantini, Sá y Wolff insultaban a los locales y apostaban al juego fuerte para amedrentarlos. Ciego por la impotencia, Brindisi lo fue a buscar a Carlovich cuando éste estaba bajando con el pecho una asistencia de Aimar. El Trinche zafó de la patada con un sutil sombrero y antes de que la pelota cayera volvió a pasársela por arriba de la cabeza al volante de Huracán que se quedó quieto de la vergüenza.

Cerca del final del primer tiempo, el Matador Kempes estampó el 3–0 que coronaba un primer tiempo ideal. Cuando Ithurralde marcó el final de la primera etapa el equipo rosarino se fue estruendosamente ovacionado. Los aplausos no alcanzaban y duraron varios minutos.

En el vestuario los jugadores disfrutaban del gran momento, repasaban alguna jugada y felicitaban al Trinche por las genialidades que había hecho. Cuatro fuerte golpes en la puerta cortaron el clima festivo. Griguol abrió y lo encontró a Cap enfurecido. “Decile a los muchachos que paren la mano, nos están dando un baile terrible”, le dijo por lo bajo para que los jugadores no escucharan. “Y por favor, sacame a ese cinco que nos está haciendo pasar vergüenza”.

El técnico rosarino cerró la puerta y dio algunas instrucciones. Se acercó a Carlovich y le acarició la cabeza. Trinche jugás un ratito más y después te saco, sino esto va a ser un papelón.

El segundo tiempo estuvo de más. Los rosarinos bajaron la marcha y se dedicaron a mantener el resultado. Cerca de los 15 minutos, José Berta, el volante leproso, remplazó a Carlovich. La despedida del Trinche fue increíble. Algunos lloraban y pedían por favor que no lo saquen, otros enfurecidos emprendieron la retirada. “Con Carlovich es un precio, sin Carlovich, es otro”, gritó un aficionado charrúa desde la platea.

El Trinche caminó lento y absorbió todos los elogios. Apuntó directo al vestuario a darse una ducha reconfortante y abandonó el estadio antes de que termine el partido.

Al terminar el encuentro los periodistas se apostaron a la salida del vestuario buscando las declaraciones de los protagonistas. Todos buscaban a Carlovich. Uno a uno los jugadores rosarinos fueron saliendo del vestuario y el Trinche no aparecía. Era inútil que lo esperaran, hacía rato que había vuelto al barrio a prenderse en un picado con amigos.


No hay comentarios.: